dilluns, 3 de novembre de 2008

Crònica d'una visita a la presó


Ayer, Sábado 1 de Noviembre, se había convocado una concentración delante de la Modelo de Barcelona, en solidaridad con Franki. Llevávamos varios días con persistente lluvia y la previsión para el Sábado, sólo dejaba una pequeña tregua durante el mediodía hasta la tarde. Lamentablemente, no podría asistir a la convocatoria, porque a la misma hora, tenía una comunicación con Amadeu en el centro penitenciario de Brians 2.
A primera hora del Sábado, llovía y el cielo estaba gris y completamente nublado. El 1 de Noviembre, es el día que la iglesia católica tiene reservado para recordar a sus difuntos; todos los santos le llaman, y eso hace que muchas personas vayan a los cementerios para llevar flores a sus difuntos. Algunas, intentamos no olvidarnos de las que todavía siguen vivas, y vamos a las prisiones a ver a nuestras amigas y familiares o a denunciar la agonía de las libertades y los abusos de derecho. Como decía, las condiciones climatológicas de la mañana no inspiraban demasiada confianza para un viaje en moto, y por eso intenté informarme de los horarios de los autobuses que te llevan hasta la prisión. Tenía el tercer turno, el de las 18 horas, y el único autobús que podía coger, llegaba a la prisión a las 16 horas; o sea, debería de esperar dos horas, que allí, en aquel vestíbulo, se harían muy largas. Por eso, esperaba que las previsiones de esa tregua, fuesen acertadas y pudiese hacer el viaje en moto, así, sólo tendría que esperar la hora de antelación con la que te hacen llegar para comunicar. Además, con el cambio de horario y la proximidad del invierno, la vuelta debería de hacerla sin luz, pues oscurece antes.
Eran las 15 horas y las nubes se habían despejado. Ya no llovía y se dejaban ver algunos claros por los que se colaban los rayos de sol. Decidí ir en moto, pero equipado para la lluvia, pues esas mismas previsiones habían anticipado que, las lluvias volverían a hacer su aparición en las primeras horas de la noche y era probable que aún estuviese en carretera.
Sobre las 16,45 horas me puse en camino después de repostar gasolina. El viaje fué rápido y se notaba el aire frío de la bajada de temperaturas. Al llegar al desvío de la carretera de Capellades ya estaba oscureciendo y la prisión se hacía difícil de ver. Giré en la rotonda que me llevaba a Brians 2 y un autobús, frente a la entrada de la prisión, esperaba a que subieran los pasajeros. Un buen número de personas, mujeres, niños, hombres; algunos posiblemente presos con permiso, pues llevaban grandes bolsas de mano en las que suelen sacar sus efectos personales y la ropa sucia. Un mosso d'esquadra con los brazos cruzados y a pié de parada, vigila como suben ordenadamente al autobús. Voy bajando la pendiente que conduce a la puerta de entrada de la prisión, y veo que un hombre y una mujer jóvenes, se bajan de un coche y se dirigen tras mis pasos. En el exterior, grupitos de personas esperan y como viene siendo habitual, hay africanos y gitanos.
Entro en el edificio, y me dirijo hacia las dos ventanillas de comunicaciones. No hay nadie esperando, tampoco nadie al otro lado. Miro, y veo que hay una funcionaria en la ventanilla del peculio, en la que tres jóvenes le hablan y le dicen que las fotos de la pared, del proceso de construcción del centro penitenciario, le parecen las de un campo de concentración. En la otra punta, queda la ventanilla de entrada de paquetes, y una funcionaria está al ordenador. Me acerco y le pregunto, "¿para comunicar?". Me pide el nombre del preso al que vengo a ver y, acto seguido, pregunta a un grupito de tres funcionarias que, juntas, miraban algo en un ordenador: "¿Todavía está abierto el tercer turno?". Ellas le contestan que vaya con ellas a ver lo del ordenador, y esta les responde que ahora no puede, que está atendiendo a alguien. La impresora no tiene papel, y se mueve para conseguirlo. Me devuelve el DNI y me pasa la hoja de la comunicación por una ranura. Tras coger el papel, me dirijo hacia la ventanilla del peculio y le digo a la funcionaria que quiero hacer un ingreso. Me pide la hoja de comunicaciones, el DNI y la cantidad de dinero y me repite los datos, al tiempo que me entrega una hoja con el registro del ingreso. Ya sólo me queda guardar mis cosas en una taquilla y esperar, faltan 45 minutos.
Durante media hora, van entrando diferentes personas y repiten la misma rutina que he seguido. Algunas tienen que explicar su grado de parentesco ante las preguntas de las funcionarias, que ya han dejado de mirar juntas el ordenador. Un hombre de cierta edad habla con una funcionaria y le explica que es pariente lejano del preso con el que va a comunicar. Le pregunta si cabe la posibilidad de hacer un vis a vis. La funcionaria le responde que sólo pueden los familiares y que él debería de demostrar la cosanguinidad. El hombre lo ve difícil, y muestra una carta dirigida al director o a quien competa... La funcionaria insiste en las normas y el hombre desiste.
Faltan cinco minutos y ya se ven a los comunicantes del turno anterior. Esperan al otro lado a que les abran las puertas. Al rato salen y casi todas, son mujeres. Algunas llevan el pañuelo con el que cubren sus cabezas las mujeres islámicas; otras, muestran todos esos rasgos tan característicos del Magreb.
Frente a la reja recién abierta, nos agolpamos las del tercer turno. Algunos intentan entrar ya, pero la funcionaria les dice que todavía no es la hora y se va a buscar el listado de visitantes del tercer turno. A su regreso, nos hace entrar visita a visita y se va quedando el documento de identidad después de comprobar, con la hoja de comunicaciones, que aparecemos en la lista. Según vamos entrando, nos hacen pasar por el arco detector de metales. A todas les pita, y una funcionaria, al otro lado del arco, se encarga de pasar una a uno la raqueta detectora que va sonando según se encuentra con los cinturones, los pendientes, collares o pulseras. Para evitar la inspección, yo me lo he dejado todo en la taquilla. Todo, menos los folios de la resolución desestimada de la refundición de condenas de Amadeu; que voy a intentar entrárselos en la comunicación. Paso por el arco y no pita; la funcionaria me señala con la raqueta para que entre en la sala de espera. Ya estamos todas en la sala y cierran la puerta de entrada. Durante unos segundos estamos encerradas hasta que abren la puerta de acceso al pasillo que nos conduce a las escaleras. Después de bajar los tres pisos, salimos al patio que separa la zona de funcionarios, de la de los presos. Los tres jóvenes que hicieron el comentario sobre la semejanza a un campo de concentración, calculan en 10 metros la altura de los muros concéntricos que rodean la cárcel. "¡Joder, como para intentar escaparse!", dice uno mientras señala las alambradas que culminan las vallas que cierran los muros. Recuerdo de nuevo, como se parece a Guantánamo y como en un documental sobre una feria de armas en los USA, las empresas del alambre de espino competían asegurando que las cuchillas de sus alambradas, eran las que producían el mayor número de cortes.
Entramos en el recinto y pasamos por delante de la pecera de control de los carceleros. Algo pasa, pues están inquietos y la funcionaria que nos acompañaba, ha desaparecido sin que pueda intentar darle el documento para que se lo haga llegar a Amadeu. Entramos por el pasillo y pasamos por delante de las puertas de comunicación para jueces y abogados. También distingo dos puertas que tienen un cartel que dice "SALA DE RECONOCIMIENTO". Enseguida nos encontramos con las cabinas de comunicación. Busco la 38, pero algo sucede, porque veo que hay gente que se quedan fuera, mirando para un lado y otro y no entran en la cabina. Ya veo a Amadeu, está sentado y enseguida me saluda con la mano y se apresta a coger el telefonillo. Entro y tampoco hay silla en esta ocasión, pero sí se siente un olor muy rancio y fuerte. Además, veo que la gente que se quedaba fuera de la cabina, es porque no estaban las personas presas con las que tenían que comunicar y seguían pendientes de si las traían. Amadeu es uno de los pocos que está en la cabina y nada más entrar, lo primero que me pregunta, es por su abogada y abogado y me explica que acaba de tener una charla con el director de la prisión. Parece ser que ha leído su comunicado y no les ha gustado. Amadeu es claro, "si sancionan un solo día a mi abogada, se acabó el pacto". Me sigue hablando y dando detalles de esta entrevista y veo que hoy no está para sonrisas y habla todo el rato con el ceño fruncido. Explica que el director le hizo notar que como favor, no habían prohibido las comunicaciones con su madre, y él vuelve a ser contundente. "Si a mi madre, no le dejáis verme, arrastro con todo lo que puedo". Parece que como, el director lo vió un tanto exaltado, le dijo que se tranquilizara y Amadeu de nuevo fue claro. "Me he tranquilizado cuando estaba en el hospital y le habéis negado la entrada a mis amigos. Me he callado cuando habéis ninguneado a mi madre; cuando me habéis fastidiado con la comida durante la huelga de hambre; cuando habéis acusado a mis amigos; no he dicho nada cuando me habéis manchado la ropa. He seguido sin decir nada, a pesar de que no me habéis respetado la dieta de comidas; cuando no he tenido rehabilitaciones; cuando me habéis dado largas con la doctora de confianza y encima, ahora viene una internista y me dice que no siga tomando la medicación que me habéis dado, porque no me puede ir mal; y además, os he pedido la nueva medicación hace una semana, y todavía no me la habéis dado...; lo que te digo, he aguantado, pero como le quiten un sólo día a mi abogada, no seréis vosotros los que romperéis el trato, sino que lo haré yo. Ellas están conmigo y yo con ellas, y si las tocáis a ellas, es como si me tocaseis a mi". Según Amadeu, el director le reconoció los errores en cuanto a la medicación y parece que hizo algunas gestiones con el ordenador y le dijo. "Si no te traen hoy la medicación, a lo más tardar la tienes el lunes. De eso me encargo yo". Realmente se le nota enojado, tanto es así que, todo ese chorro de palabras le salieron sin la menor oportunidad para preguntarle cómo estaba. "Bueno, ¿y tú, cómo te encuentras?", le pregunté al tiempo que veía que el resto de presos llegaban para comunicar. "Pues ya ves, lo que te digo. Ahora estoy sin medicación y por eso algo peor. Me siguen doliendo las piernas, incluso con el roce de las sábanas y apenas duermo seguido por las noches, pero ¡es lo que hay!. Cuando me levanto, aunque no haya dormido suficiente, me encuentro descansado y puedo aguantar de pié unas 3 horas, que es más o menos el tiempo que dura el trabajo en el destino que me han dado; pero luego tengo que echarme a descansar, porque me duelen bastante las piernas. El director me ha preguntado si estaba bien en el destino o si lo quería cambiar y le he comentado que lo del destino me es igual, que lo que quiero es poder recuperarme". Le comenté que se había echo un "blog" para él y que, en ese mismo momento que comunicábamos, había una concentración frente a la Modelo , en apoyo al Franki y que allí, Rr, iba a apoyarle y a recoger firmas para Amadeu. Le expliqué que ayer, el Tardá, debía de haberse entrevistado con el Sìndic, pero que no habíamos podido contactar con él para saber cómo había ido. Le expresé mi sensación de que este político, por el momento, parecía realmente preocupado y honesto y que, por el contrario, los responsables del sìndic, no me despertaban confianza; pues en la entrevista que tuvimos con ellos, me dió la sensación de que intentaron ponernos unos contra otros con sus comentarios. Le repetí cosas que se hablaron allí y el acuerdo que nos explicó Ignasi García Clavel y, en esto último, Amadeu lo desmintió y me dijo que al día siguiente de esa entrevista, el Ignasi García fue a verle de nuevo. Sigo pensando en las palabras que García Clavel explicó que le dijo: "Amadeu, te están utilizando". Ahora lo entiendo, lo que debió decir es: Amadeu, te estoy utilizando.
Luego hablamos de cosas más personales, de amigos y amigas comunes y toda esa tensión desapareció. El sonido de los cinco minutos finales, se escuchó por el sistema de megafonía. Antes de que cortasen la voz de los telefonillos, me habló de la situación de otros presos que han pagado muchos años y que estaban junto a él, y de cómo a uno de ellos, los mossos intentaban, con acusaciones sin pruebas, que pagase los cuatro años de condicional, en prisión. De repente, mientras le hablaba, me hizo gestos de que el telefonillo ya no funcionaba, la comunicación había concluído. Le hice gestos de que le llevaba los documentos al carcelero para que se los pasara, y salí rápido de la cabina, sin despedirme y con la confianza de que podría hacerlo cuando le diesen los papeles. Pero mi entusiasmo se vió bloqueado por una puerta corredera cerrada. Busqué a ver si veía a algún carcelero, pero nada. Ví a Amadeu que llegaba al fondo de un pasillo y allí, junto con el resto de presos, esperaba. Giró la cabeza y me vió en la puerta, haciendo un gesto negativo con la cabeza y diciendo con gestos, que se los enviara por carta. Vinieron a llevarse a los presos y se giró para saludarme y despedirse. Las visitantes, ya estábamos todas fuera, esperando para la salida, y por allí aún no se había acercado nadie. De repente se abrió la puerta, pero Amadeu ya no estaba. Nos dieron los documentos de identidad y tras atravesar el patio, subimos los tres pisos de escaleras para esperar frente a otra puerta. La funcionaria nos advirtió que llevásemos el DNI en la mano y abrió la puerta, tras la que esperaba otra funcionaria que miraba las fotos de los DNI y las caras de quienes los portábamos. Llegamos hasta otra puerta corredera que estaba cerrada, y allí esperamos un rato frente a una garita de control de los carceleros. El diario La Vanguardia estaba encima de una de las mesas y dos carceleros permanecían dentro; encima de otra mesa, dos documentos de identidad, seguramente de dos visitantes que se fueron sin recogerlos o vete a saber...
Una vez se abrió la puerta, salimos como el flujo de agua de un río crecido. Unas directamente hacia la puerta, la mayoría hacia las taquillas. Recogí mis efectos personales y me abrigué. Salí fuera, la zona estaba iluminada pero la noche era oscura y todavía no llovía. Me puse el casco y arranqué la moto. La carretera estaba muy oscura, fuí a seguir las luces traseras del coche que me precedía y, tras él, me adentré en la oscuridad del camino hasta que llegar al polígono industrial. Allí, las naves industriales estaban todas iluminadas. El capital siempre necesita hacerse visible y sus prisiones cada vez más discretas. Con la luz, adelanté al vehículo y me incorporé a la carretera de Capellades, en esta ocasión, dirección Martorell; y tras la rotonda, hacia la autopista. La vuelta también fué rápida y poco antes de llegar a Barcelona empezaron a caer las primeras gotas. Las predicciones acertaron.